He leído el libro de Jordi Llovet, Adiós a la Universidad. El Eclipse de las Humanidades editado por Galaxia Gutemberg en octubre del 2011.

Un libro escrito por este profesor tras su jubilación, un libro demasiado elitista que trata de convencer de la importancia de las humanidades en las universidades. Las constantes referencias a autores medievales, ilustrados o a Walter Benjamin y a una serie enorme de filósofos y ensayistas hace muy difícil comprender el libro.

Entre otras cosas destaca que es casi imposible explicar ciertas cosas en clase hoy en día porque el alumnado carece de background, no han leído nada ni escuchado prácticamente música culta. Los alumnos de primero tienen una ignorancia estupenda. Josep Pla, con parecida ironía, la llamaba una ignorancia enciclopédica.

No sabían si Tolstoi había nacido antes o después de Goethe; no sabían quien era Kandinsky, nunca habían escuchado una sinfonía de Mozart, Beethoven o Brahms. Achaca esta ignorancia, dice que los alumnos son ignorantes pero inocentes, a los planes de estudio de secundaria.

Otra dificultad que presenta la lectura del libro son unas notas a pie de página supereruditas en muchos casos y extremadamente largas.

Resume la situación actual de la universidad de esta forma: “Los estudiantes entran en la universidad casi con el único propósito de poseer un título o un diploma, convertirse en profesionales capaces….”

Destaca la buena generación de alumnos que tuvo en sus primeras clases en la universidad, entre ellos Félix de Azua.

Tiene un capítulo en que hace un análisis muy desafortunado de las nuevas tecnologías y la enseñanza. Cuenta también de su periplo juvenil por universidades extranjeras y los maestros con los que contactó. Es todo tan específico de crítica literaria que no me entero de casi nada.

Es traductor de varios idiomas al catalán prefiriendo traducir a Kafka o Holderlin a escribir libros originales. Destaca la insistencia en que “La Metamorfosis” no es la traducción correcta sino “La Transformación”.

Acerca de el Corto y Pego de los alumnos a la hora de realizar un trabajo Llovet escribe un texto excelente:

“La posibilidad de que un estudiante, por poner otro ejemplo, pueda extraer de su conexión a Internet cualquier información relativa aun tema de investigación o un trabajo de curso propuesto por el profesor anula de raíz la posibilidad de que utilice los mecanismos mucho más mediatizados que se empleaban tradicionalmente para el mismo fin: búsqueda en un índice de materias de una biblioteca, encargo de una serie de libros, estudio del contenido de dichos libros, elaboración propia de un resumen de lo que se ha estudiado, redacción in extensa, etcétera.

En este contexto, vienen a cuento los versos de T. S. Eliot de Choruses fram «The Rock» (I934): Where is the wisdom we have last in knowledge? / Where is the knowledge we have lost in information?: «¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido con el conocimiento? / ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido con la información? »

Lo que ha ocurrido, en suma, es que una serie de procesos «antiguos» de comunicación interpersonal, de selección de datos, de capacidad analítica y sintética y de redacción de las ideas consiguientes -procesos que contenían una inevitable carga de mediatización- se han transformado en procesos inmediatos sobre documentos indiscriminadas, procesos en los que apenas si tienen un papel ni la hipótesis de trabajo, ni la investigación propiamente dicha, ni la diferenciación de los materiales recopilados, ni la reflexión sobre dichos materiales, ni la elaboración detenida de los resultados finales.

Ahí donde la actividad intelectual estaba presidida por estrategias mentales y mecanismos cognoscitivos de larga duración, reina en estos momentos una actividad inmediata, rápida y en apariencia de una eficacia sorprendente.”

Acerca de no considerar como adultos a los alumnos de universidad, otra aportación muy valiosa.

“La primera modificación supone el desplazamiento de las teorías del aprendizaje de la infancia y la adolescencia al mundo de los adultos que asisten a la universidad, como lo prueban los «manuales» que utiliza el Ministerio de Educación y las autoridades universitarias catalanas, plagados de consideraciones y advertencias propias de edades previas a la entrada en la adultez. Ante esta tendencia a la minorización de los estudiantes universitarios, hay que recordar que éstos son adultos que votan, conducen coches, pueden ser padres y son responsables plenos, política y penalmente, de sus actos.

De repente, a partir de aquella traducción, la vida universitaria -o algunos de sus miembros embarcados en tareas de gestión- ha tendido a admitir un modelo de vigilancia de los estudiantes que parece convertirlos en tutela dos permanentes cuyas disposiciones psicológicas y sociales deben ser vigiladas y orientadas hacia el beneficio del grupo, sea éste lo que sea. No es ésa la única tutela que se ejerce sobre la comunidad universitaria, ya que un porcentaje de profesores en precario que, en el caso de las universidades catalanas, alcanza niveles escandalosos, se ve limitado, debido a esa misma precariedad, en su capacidad de pronunciarse abiertamente acerca de cuestiones concernientes a los nuevos sistemas de evaluación y los planes de estudio.

Resulta sintomático que se desvíen de manera soterrada recursos enormes a la gestión de la «innovación pedagógica» y en cambio el profesorado no numerario esté sometido a unas condiciones salariales míseras y otras laborales de dudosa legalidad, que los obligan a hacerse cargo de las mismas responsabilidades que los numerarios. La calidad de la docencia -entendida como transmisión seria, compleja y variada del saber- se alcanza así a pesar de las autoridades universitarias, no gracias a ellas.

La segunda modificación tiene que ver con una inquietante reducción de la perspectiva social: nuestras autoridades esgrimen las necesidades de la «sociedad» para celebrar la utilización del léxico de las «habilidades» y «competencias», y proclaman el abandono o relegamiento del exigente mundo de los «contenidos». Sólo que «sociedad», en este caso, equivale a «empresa». A esa grotesca reducción, a la que nos negamos, se debe la fuerte tendencia al abandono de términos como «saber» y «estudio» entre nuestras autoridades universitarias.

De ahí que ellas subrayen la «innovación docente» como mera «innovación técnica» de la transmisión. De hecho, las dos transformaciones encuentran su punto de unión en poderosos instrumentos de control que son preconizados y esgrimidos sin que quepa discusión. Cuando ésta se produce las autoridades o sus portavoces hablan, de manera inquisitorial, de «resistencia solapada», «egoísta», «desconfiada», «menos confesable» y, además, «doble, individual o colectiva, simultáneamente o por separado»”

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