Magnifico libro sobre la trayectoria de Pedro Costa donde durante casi 600 páginas nos cuenta en primera persona su trayectoria como ecologista involocrado en diferentes frentes: el surgimiento del movimiento antinuclear español, la defensa del litoral y finalmente la influencia de los Campos electromagnéticos producidos por diferentes fuentes de emisión.

Una lectura ideal para este verano donde enterarnos de la historia del movimiento ecologista desde el franquismo hasta nuestros días. Imprescindible para conocer la presión de las grandes empresas energéticas sobre el territorio y sus gentes y la connivencia de muchos partidos políticos, alcaldes, técnicos, etc.

El libro además es riguroso aportando citas de prensa de la época, referencia a informes y libros. Pedro Costa escribe muy bien y la lectura se hace amena. A continuación pongo algunas notas sobre la etapa de imposición de la energía nuclear en el reino de España:

Al principio fue desde luego la lucha antinuclear.

El Cuadro 1 refleja la magnitud del exceso, en el corto período de tiempo que va de noviembre de 1973 a mayo de 1974 se anunciaron nada menos que 14 proyectos de centrales nucleares con un total de 23 reactores.

Programa Centrales Nucleares para España.

Era demasiado  a todas luces pero para el sistema, el régimen político, el mundo de las empresas eléctricas y los medios de comunicación ese dilatado panorama de inversiones era una tabla de salvación.

Navidad de 1973, los periódicos se deshacían en elogios al progreso inminente y resaltaban el impacto excepcional que la inversión produciría en Aguilas y en toda la comarca: se trataba de una central nuclear que habría de contener hasta 4 reactores de 1000 MegaWatios (MW) de potencia cada uno, cuya construcción se planteaba escalonada a lo largo de 16 años.

Paco Rabal primo de Pedro ayudó a que el proyecto no se hiciera. En 1978 fuentes del Ministerio de Industria informaban de que estas centrales no entraban en las previsiones del próximo decenio.

Otra central nuclear se pensaba ejecutar en San Vicente de la Barquera.

“José Allende” un vasco frente a Iberduero dedicó sus esfuerzos a impedir la central de Lemoniz. Principal animador de la Comisión de Defensa de una Costa Vasca no Nuclear, luego fue Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad del País Vasco. He encontrado que José Allende tiene publicaciones en Google Académico sobre las grandes superficies.

Josép Vicent Marqués, pionero del ecologismo valenciano, muy implicado en la lucha frente a la central de Cofrentes.

Habla del comportamiento del CSN. En 1994 sucede al frente del CSN el socialista Juan Manuel Kindelán, ingeniero firmemente creyente en la energía nuclear y poco amigo de contemporizar con Ecologistas y a éste en 1999, la ingeniera María Teresa Estevan del PP a la que podemos considerar una ultra de la energía nuclear.

M.T. Estevan Bolea hace de su competencia técnica y sus condiciones pronucleares una cruzada personal, siendo incapaz de reconocer la menor sombra en tan inquietante energía. Siendo directora general de Medio Ambiente en el último gobierno de UCD, se manifiesta a favor de sumergir los residuos de alta actividad en el Atlántico.

El presidente Calvo-Sotélo, efímero en su puesto aunque beligerante aprovechó la inauguración de la Central de Almaraz para asegurar que la “nuclearización” del país estaba decidida y que no habría referéndum sobre este tema. No podía sospechar hasta qué punto se complicaría aquella España nuclear sobre la que apostó frívolamente: “Animaremos el programa nuclear”. Inmediatamente empezaron los problemas en el primer reactor de Almaraz.

En el año 1989 tras un incendio se decreta por el CSN el cierre de Vandellós I. Al ser el gobierno y no la central la que decreta el cierre definitivo, que en este último caso hubiera echado sobre su responsabilidad la carga económica del subsiguiente desmantelamiento, aceptando que fuera una decisión oficial la que hiciera recaer sobre Enresa, empresa pública, el inmenso coste del proceso. Se trataba la primera operación de este tipo en España e implicaba cifras temporales y económicas.

Enresa evaluó los costes a los pocos días en 15.000 millones de pesetas para elevarse a 80.000 millones de pesetas cuando, había transcurrido un año. En realidad ni se sabía ni se sabe hoy el coste real del desmantelamiento.

Por lo que se refiere al plazo temporal de 1991 a 1997 la empresa explotadora se responsabilizó de evacuar el combustible nuclear y otros materiales altamente radiactivos que fueron enviados a La Hague en Francia.

El nivel 2 de desmantelamiento ocurrió de 1999 a 2002 ENRESA, que recibió los activos restantes de la central bajo su entera responsabilidad, procedió a desmantelar todas las estructuras y componentes, excepto el edificio del reactor con un total de 300.000 toneladas que fueron enviadas al Cabril.

A continuación se dejó latente el conjunto, momento actual, para que al cabo de 25 años puedan continuarse los trabajos que deberían ser los últimos una vez que los niveles radiológicos residuales no supongan peligro alguno.

El nivel 3, último, hacia 2027 se desmontará el imponente cajón para que quede liberada y descontaminada la totalidad del emplazamiento, que es lo que los técnicos esperan (sin creerselo mucho) que se convierta en un “green field”. Suponiendo que la fase 3 se pueda llevar a cabo en unos cinco años, el periodo total de desmantelamiento nos lleva a 2032, con una duración de 43 años tras el incendio que provocó la parada definitiva.

La vida activa fue de solo 17 años útiles y productivos frente a 48 inútiles y ruinosos. Toda una representación de los triunfos de la energía nuclear.

El combustible de Vandellós I está en La Hague y debía volver a España en 2010 para depositarse en el ATC. El acuerdo con Francia prevé una penalización para España, al no poder recibir los residuos en 2010, de 60.000 euros diarios (21,5 millones al año) que se detraerá de las arcas de Enresa.

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