peatonalización de la calle Cruz Conde

Siempre que uno va a los foros de movilidad se encuentra con frases que resumen muy bien el estado de cosas, o en cursi el estado de arte. Mi amigo Juan Merallo es un experto en grandes frases que diagnostican la movilidad.

Cualquier charla de grandes expertos como José Luis Cañavate o Alfonso Sanz te impregna de la verbalización de la movilidad sostenible. De pronto llega nuestro amigo Aristoteles Moreno y sienta un nuevo paradigma: “soplar y sorber a la vez: peatonalizar Cruz Conde”.

Peatonalística.

ARISTÓTELES MORENO

Día 12/11/2010 – 10.30h

No se puede soplar y sorber a la vez, como no se puede pedir la peatonalización de la calle Cruz Conde y oponerse a su reforma. Lo mismo que la física está limitada por las leyes de la aerodinámica, la razón está condicionada por la teoría de los contrarios. O queremos peatonalización o no queremos peatonalización. O queremos soplar o queremos sorber. Y si queremos peatonalización es preciso reformar la vía pública. No conocemos otro camino. De tal manera que cuando se toma una decisión, se aceptan también sus consecuencias.

Pues bien: cuando se trata de la razón ciudadana, que es un sucedáneo de la razón política (o viceversa), las leyes de la aerodinámica se van al carajo. Quiere decirse que hay quien pretende soplar y sorber al mismo tiempo: peatonalizar la calle Cruz Conde y no sufrir las consecuencias de las obras. Que es, como todo el mundo sabe, una ecuación de imposible cumplimiento. O mejor dicho, una modalidad de pensamiento muy española.

En materia de peatonalización, nos encontramos con supuestos muy extravagantes. Una especie de vuelta de calcetín de la ley general de la aerodinámica. Por ejemplo: queremos liquidar los atascos pero no limitar el uso del vehículo. O queremos una mayor calidad urbana del centro histórico sin reducir el tráfico. O rebajar la polución acústica manteniendo el volumen de circulación. O estimular las zonas comerciales sin ensanchar los espacios peatonales. Soplar sorbiendo. Subir bajando. O sea.

En esta materia tenemos pruebas por un tubo. Pongamos por caso a los comerciantes. En veinte o treinta años, los hemos visto soplar y sorber en términos peatonalísticos unas cuantas veces. Anteayer, como quien dice, nos montaron un guirigay importante con la reordenación de la calle San Pablo. Que si la ruina del sector, que si el ostracismo, que si menudo disparate. Y un cuarto de hora después (poco más o menos) abrazaron la causa peatonalizadora en Cruz Conde con la fe del converso.

Así es la ciencia desconcertante de la peatonalización. Hoy subes, mañana bajas. Aquí soplas, en Málaga sorbes. Ahora, por lo visto, la calle Larios se ha convertido en paradigma universal de movilidad urbana. Lo cual nos llena de agrado, todo hay que decirlo. Pero hasta hace tres días, peatonalizar el centro de Córdoba era poco menos que tapiarlo y convertirlo en un gueto. Lo cual indica que la peatonalización es, además de una limitación sustancial del tráfico rodado, un arma arrojadiza en términos políticos. En este terreno, hemos observado a los responsables de la cosa darse de mamporrazos a cuenta del asunto según soplara el viento. O según se encontraran con la vara de mando o en la bancada de la oposición.

Si la peatonalística es una ciencia difusa imagínense la semipeatonalística. Que es lo que el gobierno local se apresura a ejecutar en año electoral, seguramente porque no ha tenido tiempo (ni atrevimiento) en treinta y pico años. Y no sabemos si semipeatonaliza por convicción o para aprovechar la calderilla anticrisis de la Junta ahora que la ministra de Medio Ambiente ya no marca el paso en Capitulares.

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