Jeremy Rifkin en su último libro “La civilización empática” deja bien clara su postura frente a la energía atómica:

“El club nuclear ha crecido en los últimos años: nueve naciones disponen ahora de armas nucleares. Más inquietante aún es el hecho de que otros cuarenta países cuenten con los conocimientos técnicos necesarios y muchos de ellos dispongan del acceso al material preciso para construir una bomba.36

Últimamente, el peligro de que las armas nucleares se universalicen se ha tornado más real debido al renovado interés mostrado por muchas naciones del mundo en la construcción de reactores nucleares.

Es otra de las oscuras ironías de nuestro tiempo que la industria nuclear, prácticamente moribunda, haya resucitado tras los pasos del cambio climático, dando un giro ingenioso, cuando no deshonesto. El lobby global pronuclear sostiene que, de entre todas las fuentes existentes de energía convencional, la nuclear es la única que no emite dióxido de carbono dañino y que, consecuentemente, puede subsanar la brecha y suministrar una mayor cantidad de energía a escala mundial, ayudando a mitigar el calentamiento global.

Dejando aun lado el hecho de que las energías renovables (eólica, solar, geotérmica, de hidrógeno, biomasa y mareomotriz) pueden representar una mejor opción, es poco probable que la energía nuclear nos sea de mucha ayuda a la hora de hacer frente al calentamiento global, y sí que contribuya a aumentar la preocupación de que el mundo pueda dirigirse hacia una nueva carrera armamentística ya la inevitabilidad de una guerra nuclear.

Para que este tipo de energía tuviera tan siquiera un «impacto margina1» sobre el cambio climático, sería necesario que generara al menos un 20 % de la energía mundial. Esto exigiría sustituir las 443 plantas energéticas envejecidas actualmente en uso y construir 1.500 adicionales, hasta llegar aun total aproximado de dos 2.000 plantas nucleares, con un coste aproximado de cinco billones de dólares.

Para lograr esta tarea hercúlea, tendríamos que comenzar a construir tres plantas de energía nuclear cada treinta días durante los próximos sesenta años, logro éste que incluso las compañías eléctricas y energéticas consideran una quimera.

La idea de construir cientos o incluso miles de plantas nucleares en una época de expansión de los conflictos regionales parece una chifladura. Por una parte, Estados Unidos, la Unión Europea y gran parte del mundo se muestran temerosos ante la mera posibilidad de que dos países (Irán y Corea del Norte) puedan conseguir uranio enriquecido para su programa de construcción de plantas nucleares energéticas y utilizar ese material para crear bombas atómicas.

Por otra parte, los gobiernos de Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y otros países se muestran ansiosos por ampliar el número de plantas nucleares para la producción de energía por todo el mundo, ubicándolas en los rincones más recónditos del planeta, lo que implica el tránsito de uranio y residuos nucleares por todas partes y su almacenamiento en instalaciones improvisadas, con frecuencia demasiado cerca de áreas urbanas densamente pobladas.

Las inquietudes relativas a la seguridad se tornan aún más polémicas a la luz de la posibilidad de utilizar la energía nuclear para enriquecer uranio y extraer plutonio a partir del combustible nuclear empleado. La idea de que el plutonio pueda llegar a manos de grupos terroristas y países «gamberros» provoca pavor entre los analistas de seguridad.

Las plantas energéticas nucleares son el blanco preferido de los ataques terroristas. El 8 de noviembre de 2008 el Gobierno australiano arrestó a dieciocho terroristas islámicos que supuestamente estaban conspirando para hacer estallar la única planta nuclear de Australia. De haber conseguido su objetivo, el país habría experimentado su propia y devastadora versión de los catastróficos atentados del 11-S que paralizaron la ciudad de Nueva York.”

Anuncios