El Transporte y sus Infraestructuras reúnen en España un singular consenso social y político: son considerados como bienes en si mismos, como recursos o riquezas que hay que acrecentar. La meta es el incremento continuo de la movilidad y la velocidad para los desplazamientos motorizados. La accesibilidad se olvida, facilidad con que los miembros de una comunidad pueden salvar la distancia que les separa de los lugares en que pueden hallar los medios de satisfacer sus necesidades con la mínima movilidad posible. Todo esto nos ha venido llevando a una movilidad hipertrófica e insostenible. La solución correcta es la opuesta: Cerrar carriles al tránsito motorizado privado. Disuadir del uso del automóvil. Promover un uso racional del mismo. Fomentar los modos de transporte sostenible.

Estas medidas coherentemente ensambladas, han sido aplicadas indistintamente por gobiernos conservadores y de izquierdas en muchas ciudades europeas y han conseguido una amplia aceptación social. En algunos países como Alemania, Holanda o Dinamarca se ha creado una nueva cultura de la movilidad. De la misma manera que gracias a Pedro Arrojo y otros pensadores de la hidráulica nuestros ciudadanos y algunos gobernantes están asumiendo los paradigmas de una nueva cultura del agua, es imprescindible que en este país se empiece asumir esa nueva cultura de la movilidad que apuesta por favorecer claramente la alianza ecológica transporte público + caminante + bicicleta.

Las agendas de los políticos han estado priorizadas por las infraestructuras, fundamentalmente infraestructuras para el automóvil y para los llamados trenes de altas prestaciones (AVE). Los medios de comunicación también lanzan consignas sobre el déficit, constante en el tiempo, de infraestructuras, midiendo las realizaciones de los políticos en términos de cuantas carreteras, autovías, circunvalaciones, aparcamientos rotativos o aeropuertos han construido. En esta línea una reciente serie de reportajes del solvente diario El País se titulaba Alcaldes a pie de obra (Albert, 2006); podíamos leer el titular dedicado al alcalde de Huelva donde afirma: Me gusta decir que estoy siempre de obra. En otros países europeos ya se vienen cuestionando desde hace tiempo esta fiebre constructora.

José Santamarta formula que el talón de Aquiles de la sostenibilidad en España es el modelo de transporte:
“La insostenibilidad es absoluta y total, es donde han crecido las emisiones de gases de efecto invernadero un 80% desde 1980. Agravada por el PEIT del Ministerio de Fomento, que continua la línea anterior de construir más autovías lo que fomenta un mayor empleo del automóvil.”

A raíz de la crisis económica van aflorando voces que empiezan a tomar posturas que hace un tiempo sólo eran tomadas por las organizaciones ecologistas. En aquellos tiempos éramos los únicos que decíamos que ese gasto desenfrenado en infraestructuras dejaba únicamente migajas para educación, sanidad, medio ambiente, cuidado de los mayores, etc. Cuando expresábamos este argumento se nos acusaba de que queríamos volver a la caverna.

Ya con la crisis se van mostrando estas opiniones desde el establishment. Es de destacar que ya hasta el ministerio de Fomento saca cifras sobre los desorbitados costes reales de las infraestructuras:

“El Ministerio de Fomento ya tiene sobre la mesa algunos de los informes que un grupo de economistas han estado realizando sobre los costes de mantenimiento de la línea del AVE Madrid-Asturias. Según los datos facilitados por este equipo, si un kilómetro estándar de vía de Alta Velocidad cuesta 12 millones de euros, en el tramo de la Variante asturiana (es decir, el que atraviesa la Cordillera Cantábrica) sería 16 veces mayor a causa de la complicada orografía, llegando a los 60,3 millones.

Pero no es sólo la construcción sino también el mantenimiento, aspecto casi siempre ignorado por quienes exigen que pase una línea por su ciudad o pueblo. En el caso asturiano las cifras vuelven a ser mareantes: hasta 120.000 euros por kilómetro puede costar la conservación; sólo las plataformas se llevarían 37.700 euros pero hay que añadirles la señalización y seguridad (57.000), el sistema de telecomunicaciones (15.300) y la catenaria (6.700). Teniendo en cuenta que entre Asturias y Madrid hay 450 kilómetros el coste total del mantenimiento de esa línea sería de 54 millones de euros al año. La mayor parte para la famosa Variante, que pese a medir sólo 49,7 kilómetros alcanzaría los 30 millones.”

José Ignacio Torreblanca en un artículo titulado “Hardware y Software” hace una critica demoledora a una política consagrada tanto por el PP como por el PSOE donde la sobreabundancia de gasto en infraestructuras de movilidad ha llevado a que otros aspectos como la educación, la formación, la innovación industrial o el cuidado de los mayores haya quedado en un estado precario.

“Pues igual que un ordenador sin programas no es más que una caja tonta, cabe preguntarse si un país que tenga el mayor número de kilómetros de vías de alta velocidad de Europa y, a la vez, más de cuatro millones y medio de parados y un gasto ridículo en innovación y desarrollo, es también una caja tonta.

En el año 2009, España no solo invirtió en infraestructuras el triple que Alemania (1,79% del PIB frente a 0,69%), sino que como hemos conocido por boca del propio Ministro de Fomento, esas inversiones se realizaban sin “el análisis de la previsión de la demanda para valorar la viabilidad económica de las obras o el estudio de las necesidades de mantenimiento”.

Así que mientras que el Gobierno se gastaba una parte de los 17.200 millones anuales de presupuesto para infraestructuras en lindezas como una doble entrada de alta velocidad a Galicia o Cantabria, España seguía sin una red pública de educación infantil (0-3 años), contaba con una red de escuelas de Primaria que en su mayoría datan de los años sesenta, soportaba un fracaso escolar del 30% en la Educación Secundaria Obligatoria, disponía de una Formación Profesional víctima de un abandono histórico, no contaba con ninguna de sus 77 universidades entre las primeras 150 del mundo y se conformaba con unos servicios de empleo incapaces de gestionar de forma ágil y flexible el reciclaje formativo de los desempleos para orientarlos a nuevos empleos.

Haría falta un estudio en profundidad para ver cómo y por qué se han asignado las prioridades de gasto en este país, pero el resultado es claro: mucho hardware y poco software (y, por añadidura, poco gasto social).

Cuando en 1986 me matriculé en el último curso de Bachillerato en el instituto público de Hillerød, una pequeña población de unos 30.000 habitantes al norte de Copenhague, mi sorpresa fue mayúscula: en mi instituto danés, además de tener menos de 20 alumnos en clase, se impartían tres idiomas, había piscina cubierta, varios campos de fútbol, aula de teatro y clases de 10 o 12 instrumentos musicales.

Sin embargo, las carreteras danesas eran solo regulares, y sus trenes de cercanías, aunque puntuales, estaban viejos. Cruzar el país era una pesadilla, pues cada pocos kilómetros tenías que meter el coche en un transbordador para cruzar de una isla a otra. Eso sí, la asistencia dental era gratuita para todos los daneses, su sistema de becas fantástico y su red pública de residencias de ancianos sencillamente apabullante.

No he mirado cuál era la renta per cápita de Dinamarca en 1986, pero imagino que no sería muy distinta de la de España hoy en día. Los daneses tardaron bastantes años y dudaron mucho a la hora de construir los grandes puentes que los unen hoy con Escandinavia y con el continente, ya que los costes eran enormes y las prioridades educativas y de bienestar estaban claras.

Hoy siguen siendo uno de los países más ricos del mundo, con mejores niveles educativos y con tasas de paro ridículamente bajas, a la vez que una de las sociedades más igualitarias.

Al otro extremo de Europa, en España, teníamos unas infraestructuras penosas que era necesario modernizar, pues suponían una de las razones de nuestro histórico atraso. Sin embargo, parece que no supimos o no quisimos parar. La airada reacción del presidente de Cantabria ante el anuncio de la suspensión del proyecto del AVE Palencia-Cantabria, advirtiendo al presidente José Luis Rodríguez Zapatero de que los cántabros no tolerarán “la humillación” (sic) de ir a Madrid en alta velocidad pasando por Bilbao, muestra todavía hasta qué punto a este país se le han subido las infraestructuras a la cabeza en detrimento del gasto social o educativo.

Si España quiere tener algún futuro, debería revisar aún más profundamente sus prioridades de gasto y sus actitudes hacia la educación. De lo contrario, seguirá siendo ese país que un ex ministro de Exteriores alemán describió irónicamente como “un precioso país lleno de autopistas vacías”. “