Pablo Garcia Casado recorriendo un carril Bici en Córdoba.

Pablo Garcia Casado recorriendo un carril Bici en Córdoba.

CADA vez que aparece una noticia que refiere el uso del transporte público, de los medios no contaminantes o de la reducción en lo posible del uso del automóvil, resurge de manera virulenta un sector de automovilistas. Gente que tiene verdadera aversión a todo lo que suponga la ampliación de los espacios reservados al peatón o al ciclista.

Cada vez que una calle se peatonaliza o se crea un tramo de carril bici hay voces que discrepan y que ponen el grito en el cielo.

Yo he pasado 6 años en Sevilla, y para mí el coche ha sido una terrible pesadilla. Fundamentalmente porque la Sevilla real, la periférica, no dispone de otra alternativa que pasar una gran parte del día en el coche. Cuando hice el cálculo, me di cuenta que a lo largo del año había pasado 500 horas dentro del coche, 20 días completos con sus días y sus noches. Me pareció una barbaridad, un precio excesivo que estaban pagando mi espalda, mi mal humor, la tensión arterial.

Por eso, llegar a Córdoba ha sido en gran parte una liberación de esa pesadilla, y alucino con la posibilidad, con el lujo, de poder desplazarme por la ciudad en bicicleta. Así lo pienso yo. Es un disfrute, no una obligación, no una pose intelectual o estética. Y todo el que prueba esto, el que toma la decisión de dejar el coche y coger la bici suele repetir.

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