La media de vida de los reactores en operación en el mundo es actualmente de 22 años, y en muchos países se está planeando extender la vida de sus reactores más allá de la originalmente prevista en su base de diseño.

Esto conduce a la degradación de componentes críticos y al incremento de incidentes severos. Los mecanismos de degradación relacionados con la edad no se conocen bien y son difíciles de predecir.

La desregulación (liberalización) de los mercados de electricidad ha empujado a las empresas con centrales nucleares a una disminución de las inversiones en seguridad y a la reducción de plantillas. Muchas compañías están aumentando la potencia de sus reactores mediante el incremento de la presión y temperatura de funcionamiento del reactor y del grado de quemado del combustible.

Esto acelera el envejecimiento y disminuye los márgenes de seguridad. Los reguladores nucleares no son siempre  capaces de hacer frente adecuadamente a esta nueva situación.

Los reactores nunca podrán estar suficientemente protegidos contra la amenaza terrorista. Existen diversos escenarios, además de la colisión de un avión comercial sobre el edificio del reactor, que podrían provocar un grave accidente.

Los impactos del cambio climático, tales como inundaciones, sequías extremas, o incrementos del nivel del mar, aumentan seriamente el riesgo nuclear.

A lo largo de las dos últimas décadas, la tendencia general en todo el mundo ha sido no encargar nuevos reactores. Esto se ha debido a diversos factores: miedo a un accidente nuclear, después de los accidentes de Three Mile Island, Chernóbil y Monju; un aumento excesivo de la capacidad de generación de electricidad por otros medios; un análisis más realista del balance económico y la financiación de la energía nuclear, la liberalización de los mercados energéticos; la proliferación nuclear y la amenaza del terrorismo; y cuestiones ambientales, como la gestión de los residuos y los escapes radiactivos.

A consecuencia de esta falta de encargos, la media de edad de los reactores nucleares en todo el mundo ha ido en aumento de año en año y asciende actualmente a 22 años. Aunque su vida útil técnica es de unos 25 años, en el momento de su construcción la industria nuclear daba por hecho que los reactores no funcionarían más de 40 años.

Ahora, transcurrido el tiempo, y especialmente teniendo en cuenta que en su mayor parte los costes de construcción y desmantelamiento de muchas de esas centrales nucleares ya han sido cubiertos (gracias, en la mayoría de los casos, a generosos subsidios estatales directos e indirectos), la industria nuclear pretende conseguir autorización para prolongar la vida de las centrales nucleares, con la intención de maximizar sus beneficios y para mantener la participación de la energía nuclear en el sector eléctrico.

En cualquier industria, las instalaciones se deterioran con el tiempo debido a las tensiones y al desgaste de componentes que supone su .funcionamiento. Los procesos de envejecimiento son difíciles de detectar porque normalmente ocurren a nivel microscópico, afectando a la estructura interna de los materiales. Es frecuente que sólo se pongan en evidencia a raíz del fallo de un componente, por ejemplo la rotura de una tubería.

El alargamiento de la vida de estas instalaciones agrava los peligros asociados a su envejecimiento y aumentan el riesgo de una catástrofe nuclear con emisiones radiactivas muy graves.

Las consecuencias del envejecimiento de una central nuclear pueden describirse a grandes rasgos como dobles. En primer lugar, aumentará el número de incidentes y de sucesos reseñables (incremento del número y frecuencia de las paradas no programadas, fugas, grietas, cortocircuitos debidos a daños en los cables.. etc.).

En Alemania, por ejemplo, el 64% del total de incidentes registrados entre 1999 y 2003 (teniendo en cuenta la gravedad del incidente) estaban relacionados con las diez centrales más antiguas (de dieciocho centrales nucleares en funcionamiento). En España, la media de edad de todas las centrales es de casi 25 años y todas presentan, en mayor ó menor medida problemas de envejecimiento, Garoña, la más antigua en funcionamiento, sufre graves problemas de corrosión y agrietamiento.

En segundo lugar, el proceso de envejecimiento está llevando a un debilitamiento gradual de los materiales que podría provocar fallos catastróficos de algunos componentes, causando un escape radiactivo de enorme gravedad.

El más notorio de estos procesos es la fragilización de la vasija de presión del reactor, que aumenta el riesgo de que ésta se rompa, fracasando así en su función de aislar la radiactividad del exterior y llevando al reactor a una situación muy grave en cuanto a la seguridad se refiere.

A medida que envejece el parque de centrales nucleares del mundo se pretende quitar importancia al peligro que esto supone. Se intenta por ejemplo modificar a conveniencia la definición de envejecimiento, reduciendo su alcance. Por otra parte, la deficiencia básica y más grave de la normativa regulatoria a nivel internacional es que ningún país ha establecido una serie de criterios técnicos comprensivos que permitan decidir cuándo no debe permitirse que una central nuclear continúe en funcionamiento. La consecuencia de esta Iaguna normativa es que se permite que reactores envejecidos y deteriorados sigan funcionando, cada vez, durante más años.

Es evidente, por tanto que en cuanto una central ha funcionado durante unas dos décadas, el riesgo de un accidente nuclear aumenta significativamente dé año en año. Pero no es posible describir cuantitativamente este incremento continuo del riesgo. Una mayor vigilancia del funcionamiento de la central y así como la mejora de los programas de mantenimiento y reparaciones pueden contrarrestar, al menos en parte, esta tendencia.

En una época de liberalización comercial y de crecientes presiones económicas para las empresas, la tendencia es sin embargo la contraria, a pesar del envejecimiento del parque de centrales.