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Aristóteles y la odisea del peatón en Córdoba.

No he podido resistirlo y copio aquí la magnifica columna de Aristoteles Moreno del pasado 23 de noviembre. Nadie puede reflejar mejor que él el maltrato que el peatón sufre continuamente en la ciudad de Córdoba.

Habrá que proponerle a nuestra regidora DoñaRosa que convoque el “Día Internacional Contra la Violencia hacia el Caminante.”

Aristoteles dixit:

ESTIMADA regidora, no le diré que me ha cogido por sorpresa que hayan decidido reabrir al tráfico la plaza de la Corredera, porque, a decir verdad, ya me resultó inaudito que un Ayuntamiento tan poco amigo del peatón tomase una decisión de esta naturaleza. Ya sé que se trata de una medida transitoria, según he podido leer en la prensa local, pero permítame que le diga que hay joyas arquitectónicas que no merecen que se les perpetre atentados de este tipo ni siquiera en periodos de cinco minutos.

No fue fácil arrancarles un decreto que pusiera fin al lamentable espectáculo de aquella hilera obscena de coches circulando por uno de los espacios más deslumbrantes de nuestra ciudad. Y tuvo que ser, si mal no recuerdo, un recién llegado concejal de Seguridad y Tráfico quien adoptara aquella medida tan felizmente temeraria, pero tan impropia, ya digo, de un Consistorio que aún navega en el pleistoceno en materia de movilidad sostenible. Por mucha doctrinilla verde que expendan en la propaganda electoral. Dicho todo, naturalmente, con el debido respeto.

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Costó mucho desalojar de vehículos la plaza y mucho más doblegar esa mentalidad desarrollista, según la cual, para que una ciudad sea auténticamente moderna hay que entregarla a la tiranía del transporte motorizado. Por eso, quizás, me ha dolido profundamente contemplar el retorno de los coches, tanto como si una piara de gorrinos hubiera cruzado el salón de mi casa, y usted sabrá disculpar la hipérbole.

Ya resultó incomprensible que habilitaran una veintena de plazas de aparcamiento para los tenderos del mercado hasta tanto se completara la rehabilitación de la Plaza de las Cañas. Y, teniendo en cuenta que las operaciones de carga y descarga ya se encontraban perfectamente programadas, no se entiende la razón de concederles a estos trabajadores un parking de privilegio en tan incomparable enclave.

Perdóneme que le sugiera que todo este despropósito no hace sino revelar su escasa convicción en eso que se esfuerzan en denominar urbanismo habitable. Observe, si no, el penoso espectáculo de la Plaza de la Compañía. Acometieron una reforma y la peatonalizaron con tan poca convicción, insisto, que los pivotes ruedan desde hace años por el suelo y los coches se esparcen por la plaza en una estampa poco edificante. Otro tanto sucede con la Plaza de San Miguel, cuyo acerado se encuentra ya triturado por el peso insoportable de las carrocerías, que se arraciman contra los vetustos muros de la bellísima iglesia fernandina. Acérquese, se lo ruego, por estos enclaves mortificados, y échese a llorar, como hacemos todos los ciudadanos que nos dolemos de esta agresión imperdonable.

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Y qué decirle del insólito aparcadero en que se ha convertido la Muralla del Marrubial ante la más absoluta desidia de la administración que usted dirige. He visto muchas formas de maltrato al patrimonio histórico pero pocas tan deplorables como ésta. Y ya es francamente elocuente que hayan tardado casi 30 años en restringir el tráfico alrededor de un monumento Patrimonio de la Humanidad como la Mezquita de Córdoba. No veo yo a la Virgen del Pilar, ni a la Catedral de Burgos, ni a la Plaza de Salamanca, ni al Obradoiro sometidos a la degradación inasumible y extemporánea de los tubos de escape.

Déjeme que la invite a que visite otras ciudades con muchas menos credenciales que su equipo de gobierno. Pasee por el casco histórico de Orense, o por el de Pontevedra, piérdase en las silenciosas calles del barrio antiguo de Logroño, o admire la impecable calidad urbanística de Vitoria. Y, si no quiere ir tan lejos, contemple la valentía municipal en el complejísimo perímetro histórico de Cádiz. Sólo la animo a que comprenda que se puede creer en ciudades más habitables y, además, llevarlas a la práctica.

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