
El otro día discutía con una amiga arquitecta que trabaja en Gerencia la necesidad de poner bolardos o pivotes en todos los vados de peatones. Ella argumentaba que eran muy caros y que tampoco debíamos de llenar con estos obstáculos la ciudad de Córdoba.
Sugería que era más barato que la policía local multara a los que invaden el espacio peatonal que colocar tanto bolardo.
Aquí tenemos un ejemplo de cómo la apertura de un bar de tapas constituye una perturbación del espacio público. Jamás había visto ningún coche interrumpiendo el pasillo peatonal en este cruce situado en la calle Pintor Racionero esquina Avda. Cruz de Juarez.
Ha empezado a funcionar la restauración y casi siempre que paso me encuentro un motorizado jodiendo al caminante en su trasiego.
La única luz es el equilibrio de los árboles.
Marzo 18, 2008 at 6:48 pm
Desde aquí deseo manifestar públicamente mi admiración por ti y por tu trabajo, Gerardo. Aunque a veces yo utilice sonrisas de pelícano, bien sabes que te apoyo, si no en todas las cuestiones, sí en casi todas, como por ejemplo respecto a la pesadilla y la vergüenza de tener que soportar la plaga de los automóviles. Pretender que en España los conductores respeten el espacio público es una utopía, porque como bien sabes, todo se reduce a una cuestión de educación básica, y este país, en general, carece de ella. Tú eres un hombre filipino y dúctil, de tacto húmedo y suave, de intuiciones muy agudas, y sabes que el destino de todo yeso es opositar siempre a derribo. Y sin embargo luchas e insistes, y eso te dignifica.
Tu latigazo poético me ha encantado: “La única luz es el equilibrio de los árboles”. Siempre te dije y te animé a que escribieras, pero tú, obstinado y déspota colibrí, nunca me hiciste caso. Allá tú.
Estos días andas con tu cofradía de Málaga, espero que te ayude para coger fuerzas. El Señor esté siempre a tu lado. En mí tienes a un fiel amigo, nunca lo dudes.
Que María Santísima nos tenga en su seno.
Marzo 19, 2008 at 10:11 pm
Sin duda, en este país se carece de un mínimo de civismo y de respeto hacía los demás.
Marzo 25, 2008 at 1:02 pm
Rouco tienes una prosa pistonuda, da gusto reller tus comentarios.
Marzo 26, 2008 at 11:10 am
Paseaba el otro día de la mano con mi hija de dos años sorteando coches, echándome con ella a la calzada porque las aceras han dejado ya de ser espacio peatonal, y sentí de golpe una tristeza visceral y espesa, como un salivazo en la cara: y ocurrió que me acordé, de repente, de cuando yo era un niño y jugaba en las calles, unas calles casi vacías de coches, un mundo lleno de descampados,hierbas, viaductos, bosques encantados y cuevas donde refugiarse para meter la mano bajo la falda de aquella vecinita tan mona, con una cola de caballo preciosa y un chicle en la boca que no había forma de quitárselo ni a tiros. Teníamos nueve, diez años, y el aire olía a aire y había domingos por la mañana en los que el silencio era una sábana limpia de puro algodón sobre los huesos y la carne del alma. Hace unos meses me dijeron que aquella niña murió el año pasado de una sobredosis.
Frente al patíbulo de mi barrio hay una isleta con unos extraños aparatos para que los niños se suban por ellos y se desnuquen. Zona de juegos infantil, lo llaman. Alrededor, más coches, más centros comerciales, más basura amontonándose. Lo peor de todo es que mi hija no tendrá los recuerdos que yo tengo y que me salvan, como una vacuna. Lo peor será que ella no conocerá el silencio y no deambulará por las calles. En el colegio, Zapatero, como una sombra siniestra, se empeña a toda costa en que aprenda a diferenciar un círculo de un cuadrado. Pero a la salida de ese criadero de subnormales, mi hija no verá más horizonte que la mierda de ese engendro cínicamente denominado “sociedad del bienestar social”.
Sea lo que fuere, Gerardo, tampoco importa demasiado. Ahora, para olvidar todo eso, me voy a hacer unas migas a la cocina y a beberme una copa de vino a tu salud, a la de mi hija y a la de José y Soterrado.
Hasta luego.